

Por: Raúl Pineda
Fecha de publicación en APORREA: 18/02/11
Querido René: Me alegro de vivir lejos de Caracas porque no sé qué ocurriría si nos topamos luego de verte criticar en televisión a Chávez por subsidiar a quienes no tienen cómo pagar sus viviendas. Me hiciste recordar que cuando tenías sólo diez añitos, tu madre y yo rescatamos –aunque no pudimos salvar, pese a ser ambos veterinarios- a la iguanita escapada del colegio Cristo Rey, en Santa Mónica. Apenas le quedaban las dos patitas delanteras para correr, después de la lluvia de piedras que le lanzaron tú, tu hermano Moisés y unos vecinitos.
Si me preguntas qué tiene que ver una cosa con la otra; yo te preguntaría si olvidaste mi reprimenda verbal por aquella acción despiadada y el llanto de tu hermana Sonia, quien dos semanas antes había adoptado al animalito y -por ironías del destino- le había puesto el nombre de Clemencia. Si todavía te haces la misma pregunta, es porque olvidaste lo que te dije tantas veces: que el derecho a la vida, hijo mío, es un deber universal, que cabe por igual a todos los animales, incluidos nosotros, supuestamente los únicos racionales.
Tenemos autoridad para decirlo, porque tu madre y yo hicimos de nuestra profesión un apostolado social y familiar mientras tú pasabas de niño a hombre. De hecho –y no es por echártelo en cara- no te costó un centavo tu primera vivienda. Te la regalamos siendo un profesional con dinero. Hoy, la conciencia nos cose a preguntas: ¿Por qué te afecta tanto que el Estado gaste dinero en proteger la vida de miles de niños y ancianos en riesgo de muerte por vivir en zonas de riesgo? ¿Por qué nos recuerdas tanto a la pobre Clemencia? Y sobre todo ¿por qué te quedó tan poco de nosotros?
No nos queda tiempo para averiguarlo, pero sí para reconocer que fallamos. El niño que educamos no es el ciudadano que tenemos. Sin embargo, que Dios te bendiga.
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